miércoles, 8 de septiembre de 2010

Poesía spectriana














“Las rosas son rojas, las violetas azules, amo a Spectre!”
Se deslizaba el lápiz de Norther Winslow por el papel, sin parar, dibujaba cada letra con una belleza tremenda, para luego convertirlas en palabras, luego en frases, luego en oraciones para así formar el más bello discurso que se halla visto en Spectre.
Sus pies descalzos sentían el rocío matinal que había caído sobre el pasto, la brisa jugaba con sus cabellos y también con su lápiz. El viento susurraba las palabras en el oído de Norther, para luego esparcirlas por todo ese paraíso terrenal, para tomar cada gramo de belleza que existía en Spectre y luego quedar plasmadas en el papel del poeta. Sin embargo, un día llegó el cemento, el cruel y gris pavimento cubrió el espacio en el cual se expandía la verde hierba. Norther debió cubrir sus pies con fundas de lana y zapatos de cuero, ya no sentía la vibración ni la humedad del rocío expandida sobre el césped. Con el cemento cesó el viento, cesó la brisa y cesó la esperanza, cesó Norther y cesó Winslow, cesó el poeta y cesó la poesía. El paraíso se transformó en pavimento, los zapatos colgados cuidadosamente sobre la entrada el pueblecito debían ser rescatados de los incesantes turistas que llevaban uno para recordar aquella gris villa.
“Las rosas son rojas, las violetas azules, amo a Spectre!”
Escribía Norther Winslow las palabras desaliñadas y frías que salían del lápiz del ¿poeta?. Sus fans se impacientaban y Ed Bloom lo reprochaba, su poesía había perdido poesía, el poeta nunca fue poeta, pero cuando las palabras están impregnadas por el bello aire otoñal de un pequeño pueblito parecido al paraíso, tienen todo el espíritu de las rosas, de las violetas, y de Spectre. Cuando no es así, el poeta debe transformarse en ladrón, la poesía en un papel arrugado en el lago, los pies descalzos en pies vestidos, y Spectre en cemento.

Acuso de plagio

I

“Me declaro culpable, su señoría” ¿Podía haber hecho otra cosa?, lo dudo, siempre fue culpable y él lo sabía con claridad.
El delito surgió en la recordada noche del 13 de Febrero, cuando nuestro protagonista soñó el más macabro de los delitos, el más lóbrego crimen realizado por cualquier persona en la ciudad.
Despertó tembloroso y sudado, con las lágrimas llenas de ojos y la cama sentada en él.
Eran las 3:13 a.m. y supo de inmediato que no podría volver a dormir ante tal tétrica imagen que aún pasaba frente a sus ojos.
Fue a tomar una taza de café con sus manos aún tiritiritiritando, y comenzó a recordar con mayor claridad su sueño. El delincuente era un tipo brillante, con una astucia vista solamente en películas o en sueños (ah?), y una inteligencia que escasea en este país de cerebros dormidos y cabezas pequeñas.
Decidió escribir entonces la mejor novela policial jamás contada. El problema, es que nunca había escrito ni siquiera un micro cuento, en ocasiones se divertía escribiendo palabras o frases que formaran palíndromos, y cuando su creatividad estaba en su apogeo intentaba anagramas: ya había formado uno con su nombre, Pedro Ortúzar a Púdrate zorro (desde que lo descubrió quiso tener apellido “Ortúzer” para que tuviera un sentido verdadero). Jamás había intentado escribir una novela o algo por el estilo, pero esto no le preocupaba, ya que su subconsciente había hecho un trabajo tan maravilloso, mecánico, de relojería, que su falta de experiencia no importaría: sólo debía escribir lo que recordaba, no debía ser difícil.
Las palabras salieron del lápiz mágicamente, escribió una novela de 133 páginas en tan sólo 3 horas y 13 minutos.
Volvió a su cama con largos bostezos y la cabeza bastante confundida. Pero pudo dormir de una manera magnífica, sin una sola pesadilla ni ilusión de ningún tipo.
Despertó al otro día a las 11:13 de la mañana, completamente renovado y fresco, se dirigió a su escritorio, y encontró el montón de papeles escritos por él en la noche, y no pensó en otra cosa que comenzar a leer.
Cuando acabó estaba impresionado, ¿Cómo él, un pobre diablo de 24 años sin ninguna experiencia en escribir, había escrito una obra de tal maestría? Quizás había subestimado su talento, pero no, no quería engañarse, sabía en el fondo que era un trabajo que había hecho subconscientemente.
No le quedo otra alternativa que sonreír, salir a la calle, dirigirse a las Avenida Sansón, número 313, entrar sin tocar el timbre, pararse frente al editor más famoso del país y decirle: ahora, págueme.

II

Se levantó a las 4 de la mañana, con su sudor lleno de pijama y ojos en sus lágrimas, había tenido un sueño espantoso, sin embrago no podía recordarlo. Hace un tiempo atrás que escribía todo lo que soñaba, esperando tener el éxito conseguido con su primer relato, y lo habría logrado varias veces, ya era un escritor bastante reconocido y respetado, todo gracias a las ilusiones que le brindaba su cabeza noche tras noche.
Algunas veces la historia se trazaba en varias noches, siempre con un final inesperado y muchas “vueltas de tuerca”, como le gustaba decirle a nuestro inconsciente narrador.
Había publicado ya 3 libros y 30 y tantos cuentos, todos producto de sus sueños. Sin embargo, nunca intentó forzar a su subconsciente a soñar, todas las fantasías que le brindaba la parte posterior de su cerebro eran completamente naturales.
Pero esta vez era distinto: primera vez en años que no recordaba lo que había soñado, y él sabía que era algo tan profundo, notable y espectacular como su primer sueño (aunque había conseguido éxitos posteriores, realmente no había logrado nada como su obra prima).
Ese fue un día terrible, se acordó de todos los afectados en los reiterados crímenes que había desarrollado en su carrera de escritor, los sentía reales, y más que eso, sentía que estaban en todos lados, buscándole por el sufrimiento que él les hizo pasar al traspasar al papel tamaña atrocidad, y para colmo mostrársela al mundo. Estaba completamente paranoico y esperando que algo malo le sucediera.
Después de ese día no pudo soñar nuevamente, y con dificultad podía dormir cada noche, escuchando ruidos por la ventana, crujidos en la madera de su casa, y estaba casi seguro que voces.

III

Hace ya más de 1 año que no escribía nada, su aspecto era terrible, su cara olía a vino fuerte y tenía unas ojeras dignas de bolsa de basura.
La editorial le llamaba al teléfono cada mañana para presionarlo: le decían que si no escribía algo lo iban a demandar por incumplimiento de contrato, y otras amenazas que no importaban a nuestro querido escritor.
La verdad, no era que no le interesara, pero tenía preocupaciones más importantes: raro era el día en que no se veía a sí mismo asesinado ante sus ojos; vislumbraba a sus brillantes y a la vez macabros personajes cobrar vida, y juraría que todos querían exterminarlo; veía a las víctimas de sus relatos en todas las habitaciones a las que él entraba, para vengarse; escuchaba ruidos alrededor suyo a toda hora, por lo que no podía dormir, ni soñar, ni escribir.
Desesperado el gran Pedro Ortúzar, decidió buscar ayuda de un especialista , y fue a visitar a un psicólogo, que resultó ser gran admirador de nuestro triste narrador, por lo que le hizo un descuento considerable, el cual Pedro agradeció. Lo derivaron inmediatamente a un psiquiatra, un tipo alto con un bigote que subrayaba su gran nariz, y que tenía un rostro bastante conocido, demasiado conocido para Pedro Ortúzar.
Las sesiones eran terribles, nuestro escritor favorito tenía pánico de su psiquiatra, lo intimidaba bastante y su rostro familiar se convirtió en un rostro amenazante, además, no le suministraba los medicamentos para poder dormir, por lo que no podía conciliar sueño, ni descansar, ni escribir.
Hasta que finalmente, llegó el día, las drogas pasaron a través de su esófago y su mente se liberó por completo, sentía euforia y éxtasis, sentía como cada partícula de su cuerpo lograba desprenderse de las preocupaciones y como cada átomo de piel salía volando de su cuerpo terrenal para poder ingresar al mágico mundo de los sueños.
La magia había vuelto, los lóbregos relatos que su mente le suministró durante su estancia en su subconsciente, unas horas después se llevaron al papel y se volvió en un nuevo cuento, había vuelto el encanto, había vuelto el narrador, había vuelto el sueño y volvería la fama.
Y sucedió lo que nuestro querido escritor nunca esperó ni imagino que iba a suceder. Esa mañana al abrir el correo se llevó la gran sorpresa: Un tal Pedro Ortúzer lo acusaba de plagio, y el juicio era al día siguiente.

IV

- La fiscalía llama a declarar al subconsciente del señor Pedro Ortúzar
El subconsciente de nuestro narrador subió al estrado
- ¿Nombre? – le preguntó el juez
- Pedro Ortúzer, su señoría – respondió con una calma que no era habitual en los tribunales de justicia
- ¿Usted, la noche del 13 de Febrero del pasado año, le mostró al acusado Pedro Ortúzar, la historia que luego el trasladaría a su libro “De crímenes y sueños”? – preguntó el fiscal.
- Si – respondió él, con una naturalidad y calma que todavía lograba impresionar – y no sólo eso, todos sus cuentos y novelas posteriores, yo se las mostré al acusado mientras el dormía, a través de sueños claro está.
Así siguió el juicio con normalidad, el subconsciente de nuestro escritor contestaba con una calma que derrochaba sinceridad, y el abogado defensor con las manos frías intentaba acometer contra el subconsciente, pero todos sabían quien iba a ganar el juicio.
Finalmente llamaron a declarar al acusado.
-Se le acusa del delito de plagio, al haber reproducido fielmente, tanto la historia como los personajes, al relato que su subconsciente le mostró a usted la noche del 13 de Febrero. ¿Cómo se declara?
-Me declaro culpable, su señoría- ¿Podía haber hecho otra cosa?, lo dudo, siempre fue culpable y él lo sabía con claridad, pero nunca imagino que podía suceder algo así, ¿Quién iba a imaginarlo?
- ¿También es culpable de plagio por los otros cuentos y/o novelas que usted ha escrito? – arremetió el juez.
- (…)
- Conteste la pregunta – le señaló el juez ya perdiendo la paciencia.
- Si, soy culpable de todo – respondió completamente resignado a perderlo todo, sólo quería regresar a su hogar.
- Bueno, dados los testimonios registrados, el veredicto se dará a conocer esta misma tarde, a las 13:30 horas – dictaminó el juez con un aire a superioridad y mirando a nuestro querido Pedro Ortúzar con un recelo evidente.
Cuando salieron todos de la sala, el escritor se sentó en la escalera del juzgado, y, acto seguido, su subconsciente se le paró a su lado.
- Con que Pedro Ortúzer ¿eh?, se me ocurrió a mi, podría acusarte de plagiar tu nombre – le dijo el consciente Pedro a su subconsciente Pedro.
- Un nombre no se copia, se tiene, tú me lo diste y no te lo reprocho – contestó – Pero ahora bien, en verdad lamento esto, disfrutaba contarte estos relatos y más aún cuando conseguíamos (conseguías) fama con estos.
- Entonces, si lo disfrutabas tanto, ¿porqué un día (una noche en verdad) dejaste de mostrármelos?, si te gustaba tanto ¿porqué me acusas ahora, infeliz? – Respondió con ironía y rabia.
Su subconsciente rió levemente y le contesto:
- ¿Acaso no creíste que un día se me iban a acabar las ideas?, no tengo tantas historias que contar, un día se me acabaron, ¿y recuerdas el día que no recordaste tu sueño?, era solamente porque te había mostrado la misma historia que llevaste al papel la primera vez –respondió sagazmente, y luego continuó – y después de todo lo que hice por ti, te di fama y riquezas, cuentos y novelas, crímenes y sueños, ¿cuál fue tu gran gesto de agradecimiento? Me drogaste, por culpa de tu consciente trastornado, me forzaste a aparecer cuando no tenía ganas, y creíste que te trataría con amabilidad. Además, no sé que tiene de malo esto, después de todo, son mis historias y no tuyas, ¿o me equivoco?
Nuestro relator lo miró fijamente y sin hablar por 13 segundos exactos, y luego no se le ocurrió nada más que abalanzarse sobre su subconsciente a agredirlo.

V

-Se le declara culpable del delito de plagio y agresión contra su subconsciente, el señor Pedro Ortúzer – dictaminó el juez contra Pedro Ortúzar.
El subconsciente de nuestro por ahora odiado escritor tenía un ojo morado y rasguños en su mejilla izquierda, al otro lado de la sala estaba nuestro repudiado narrador con ojos en sus lágrimas, esperando lo que su señoría sentenciara contra él.
Cuando finalmente, vino la decisión del juez.
- El acusado, señor Pedro Ortúzar deberá entregar todo el dinero ganado por la publicación de los distintos libros al señor Pedro Ortúzer. A demás, se le prohíbe cualquier tipo de contacto con su subconsciente…
Y así acabo nuestro por ahora acabado relator. Se ha convertido en un pez de ciudad, en un ciudadano cualquiera que vive sin poder ilusionar y llegar a un mundo más allá de la racionalidad cotidiana en esta ciudad gris y ruidosa.

VI (Alternativo)

Se despertó con ojos en sus lágrimas y su sudor lleno de pijama. Vio la hora: eran las 3:13 am, del 13 de Febrero, y comprendió que todo había sido un sueño, uno demasiado largo, ¿acaso debía escribirlo?

viernes, 3 de septiembre de 2010

El alma demokrata

Susede kuando la mente bense al kuerpo i lo destrosa. Paseas por akel lugar, exas un bistaso a la kasa abandonada, i el proksimo terreno te yeba a esa oskuridad i agonia terrible, insoportable. Todo es un agujero negro ke se desbanese para komensar a mostrarte imajenes distorsionadas de gritos i miedos. La proksima kasa te yeba al mundo terrible pero soportable al ke estamos akostumbrados. Pero debes bolber a tu ogar, soportar nuebamente la agonia al pasar por el terreno ke se enkuentra al lado de la kasa abandonada. Pasas i el sufrimiento es igual a la primera bes, tu mente se traslada a un mundo en el ke solo puede sufrir. Tu mente se yeba a tu kuerpo i lo atrapa en dolores i rrepulsiones difisilmente rresistibles. El kuerpo se enkuentra destrosado en las afueras de la morada de junto a la kasa abandonada. No sabes si el kuerpo es tuyo, mio, suyo, de eyos, de ustedes, nuestro. ¿Komo saber? Todo es rresentimiento e injurias, son bisiones de las kuales no puedes eskapar. Todo es aislamiento.
Por fabor, no eskapes de mi. Si bien soi umano, puedo soñar.
Muxas kosas se an dixo sobre muxas kosas, mas las kosas ke no se an dixo no se diran a menos ke las digas tu. Yo no seria kapas. Nadie lo seria i en teoria tu eres nadie por serlo todo. Entra a la morada de junto a la kasa abandonada.
Kaminé asia el agujero negro, asia los gritos i los miedos, krusé el umbral. Abri la puerta. El pasiyo era largo i delgado, al final estaba en un trono una korona sobre la kabesa del orror. Kamine, los kuadros no eksistian, el texo llegaba asta el suelo, kaminaba sin aser kaso a las puertas abiertas kon beyas imagenes en su interior. Mujeres desnudas i tristes, boskes lejanos i ekstensos, playas basias ekstendiendose por toda una abitasion. Segi mi kamino asia el orror, llege i le kite la korona. No rreaksiono. Me puse la korona i le di la espalda, komense a kaminar asia la pared plana ke se enkontraba al fondo, alkanse mi destino i no pude salir. Boltee. El orror segia sentado en el trono, i señalo asia arriba. Alse la mirada, i arriba se ekstendia un sinfin de estrellas fugases indikandome el kamino ke debia segir. El orror se lebanto, kamino asia mi, rrekupero su korona i se sento nuebamente en su trono. Grito: Si bien soi umano, puedo soñar. Estas palabras rretumbraon en las paredes i las estreyas paresieron espantarse, ya ke desaparesieron sin dejar rrastro alguno.
El kuerpo segia agonisando frente a la kasa. Esta bes no iba a yegar a su destino.
Despierta.

jueves, 26 de agosto de 2010

La cura contra el optimismo

La cura contra el optimismo


Up there a mountain rises
Down here an ocean dives
A stranger with a head full of lead
Photographs me

Porcupine Tree – Cure for Optimism

-¡Ya la maté, ya la maté!- gritaba cuando el cuchillo aún no se había clavado en las entrañas de la víctima. Sufría de fuertes cambios de identidad, juraba por momentos que era Tristán haciendo el amor con Isolda, o en ocasiones se convertía en Eneas mientras bajaba a los infiernos.
Nació en siete ocasiones, y hasta ahora ha muerto cinco. Me comentó que temía no nacer otra vez y quedar sin vida en esta tierra, aún así, a su espíritu lo albergaba un gran optimismo difícil de explicar.
Recuerdo el día en que me reconoció sus trastornos de identidad, me dijo: yo sé que nunca he sido ni Eneas ni Tristán, ya que no conozco ni el infierno ni el amor, son vagas memorias las que tengo – y luego agregó que - en las 7 veces que he nacido nunca he sido un héroe ni alguien digno de reconocimiento.
Me temo que tengo prohibido comentar el lugar donde lo conocí, pero les puedo decir que fue en un lluvioso día de verano o caluroso día de invierno, viendo las hojas secas de la primavera o viendo a la naturaleza florecer en algún otoño. Lo seguí hacia una luz que iluminaba un misterioso sendero, el caminaba como sonámbulo, con pasos mecánicos, hasta que llegó a su objetivo, lamentablemente, no puedo decirles lo que vi. Entonces le toqué el hombro y comencé a hablarle, el me silenció y luego dijo: morí hace cinco minutos. No puedo dejar de recordar las primeras palabras que expresó hacia mi persona, y lo más sorprendente fue el hecho de que cinco minutos más tarde se encontraba irremediablemente muerto. Si esto no logra sorprender tanto como espero, les debo recalcar el hecho de que cinco minutos después de eso, un hombre me toca el hombro y me dice: moriste hace una semana. Y cuando volteo, era él, con distinto físico, pero yo supe de inmediato que era el mismo que fallecía ante mis ojos minutos antes, y ahora con ojos llenos de fe me decía que yo había dejado de vivir.
Me señaló entonces que era la quinta vez que perdía la vida, luego me mencionó que aún le quedaban dos que quería cuidarlas todo lo que pudiera, y a pesar de parecer un joven, señalaba constantemente que la edad lo tenía cansado, pero siempre con esperanzas de algo mejor.
Pasaron los días, supe de su pasado y de su futuro, supe que será poeta goliarda en la edad media, ahora no sabe lo que es, y que fue vagabundo en cinco años más. Después de este suceso, su futuro, pasado, o lo que fuese, se le volvía difuso por lo que temía un poco no poder nacer una octava vez. De todas formas mantenía la misma esperanza característica de él, y que a pesar de encontrarse peleando en la tierra media o viendo morir a Beatriz, nunca perdía.
Si me preguntan, lo que más me impresionaba de él era esto, su irremediable optimismo, el cual me dijo había forjado en su segunda vida y que no abandonó ni siquiera en sus reiteradas muertes.
Había ya pasado un mes desde que nos conocimos, es decir, yo llevaba un mes y una semana sin vida, cuando él me declaró su amor. Debo aclarar que me llamo Andrea, tengo 24 años y hace un año y medio fallecí, del lugar de donde relato esto no puedo decírselo a ustedes. Pero bien, a mi él me agradaba, era una persona con pasado y con futuro inesperados, pero en ningún momento le tomé cariño. Le dije amablemente que yo nunca lo vi de esa forma, y que además el hecho de estar muerta era un inconveniente para nuestra relación, a lo que el me respondió: No te preocupes, podemos seguir siendo dos vivos que conversan. Sin embargo, sucedió que el amor fue la cura contra el optimismo, y yo la píldora.
El pesimismo se había apoderado de él, ya no sufría sus trastornos de personalidad y creía ser tan solo una persona que vive en un presente determinado. Daba lástima verlo así, descendiendo hacia la ciudad y la vida urbana, había perdido todo futuro.
Yo, sin embargo, decidí dejarlo así, ya que si bien el amor es remedio, también puede resultar la enfermedad más desastrosa. Y la vida siguió su curso.
Entonces sucedió lo más inesperado: llegó a mi casa gritando que ya la había asesinado -¡Ya la maté, ya la maté!- y cargaba en la mano un cuchillo sin sangre. Yo lo vi con un sentimiento de temor patente, entonces un dolor agudo me invadió el estómago, y repentinamente vi que el cuchillo que él sostenía en la mano se cubrió de sangre, pero sin tocar ningún cuerpo. Mi polera se cubrió también de sangre al instante, caí en el suelo, y le vi llorando intensamente.
Cuando mi cuerpo ya perdía todo lo que le quedaba de vida, sólo lo escuchaba a él gritando: ¡Sólo me queda una vida, sólo una!.

El alma

Sucede cuando la mente vence al cuerpo y lo destroza. Paseas por aquel lugar, echas un vistazo la casa abandonada, y el próximo terreno te lleva a esa oscuridad y agonía terrible, insoportable. Todo es un agujero negro que se desvanece para comenzar a mostrarte imágenes distorsionadas de gritos y miedos. La próxima casa te lleva nuevamente a ese mundo terrible pero soportable. Sin embargo, debes volver a tu hogar, soportar nuevamente la agonía al pasar por el terreno que se encuentra al lado de la casa abandonada. Pasas y el sufrimiento es igual a la primera vez, tu mente se traslada a un mundo en el que sólo puede sufrir. Tu mente se lleva a tu cuerpo y lo atrapa en dolores y repulsiones difícilmente resistibles. El cuerpo se encuentra destrozado en las afueras de la morada de junto a la casa abandonada. No sabes si el cuerpo es tuyo, mío, suyo, de ellos, de ustedes, nuestro. ¿Cómo saber? Todo es resentimiento e injurias, son visiones de las cuales no puedes escapar. Todo es aislamiento.
Por favor, no escapes de mí. Si bien soy humano, puedo soñar.
Muchas cosas se han dicho sobre muchas cosas, más las cosas que no se han dicho no se dirán a menos que las digas tú. Yo no sería capaz. Nadie lo sería y en teoría tú eres nadie por serlo todo. Entra a la morada de junto a la casa abandonada.
Caminé hacia el agujero negro, hacia los gritos y los miedos, crucé el umbral. Abrí la puerta. El pasillo era largo y delgado, al final estaba en un trono una corona sobre la cabeza del horror. Caminé, los cuadros no existían, el techo llegaba hasta el suelo, caminaba sin hacer caso a las puertas abiertas con bellas imágenes en su interior. Mujeres desnudas y tristes, bosques lejanos y extensos, playas vacías extendiéndose por toda una habitación. Seguí mi camino hacia el horror, llegué y le quité la corona. No reaccionó. Me puse la corona y le di la espalda, comencé a caminar hacia la pared plana que se encontraba al fondo, alcancé mi destino y no pude salir. Voltee. El horror seguía sentado en el trono, y señaló hacia arriba. Alcé la mirada, y arriba se extendía un sinfín de estrellas fugaces indicándome el camino que debía seguir. El horror se levantó, caminó hacia mí, recuperó su corona y se sentó nuevamente en su trono. Gritó: Si bien soy humano, puedo soñar. Estas palabras retumbaron en las paredes y las estrellas parecieron espantarse, ya que desaparecieron sin dejar rastro alguno.
El cuerpo seguía agonizando frente a la casa. Esta vez no iba a llegar a su destino.
Despierta.