Sucede cuando la mente vence al cuerpo y lo destroza. Paseas por aquel lugar, echas un vistazo la casa abandonada, y el próximo terreno te lleva a esa oscuridad y agonía terrible, insoportable. Todo es un agujero negro que se desvanece para comenzar a mostrarte imágenes distorsionadas de gritos y miedos. La próxima casa te lleva nuevamente a ese mundo terrible pero soportable. Sin embargo, debes volver a tu hogar, soportar nuevamente la agonía al pasar por el terreno que se encuentra al lado de la casa abandonada. Pasas y el sufrimiento es igual a la primera vez, tu mente se traslada a un mundo en el que sólo puede sufrir. Tu mente se lleva a tu cuerpo y lo atrapa en dolores y repulsiones difícilmente resistibles. El cuerpo se encuentra destrozado en las afueras de la morada de junto a la casa abandonada. No sabes si el cuerpo es tuyo, mío, suyo, de ellos, de ustedes, nuestro. ¿Cómo saber? Todo es resentimiento e injurias, son visiones de las cuales no puedes escapar. Todo es aislamiento.
Por favor, no escapes de mí. Si bien soy humano, puedo soñar.
Muchas cosas se han dicho sobre muchas cosas, más las cosas que no se han dicho no se dirán a menos que las digas tú. Yo no sería capaz. Nadie lo sería y en teoría tú eres nadie por serlo todo. Entra a la morada de junto a la casa abandonada.
Caminé hacia el agujero negro, hacia los gritos y los miedos, crucé el umbral. Abrí la puerta. El pasillo era largo y delgado, al final estaba en un trono una corona sobre la cabeza del horror. Caminé, los cuadros no existían, el techo llegaba hasta el suelo, caminaba sin hacer caso a las puertas abiertas con bellas imágenes en su interior. Mujeres desnudas y tristes, bosques lejanos y extensos, playas vacías extendiéndose por toda una habitación. Seguí mi camino hacia el horror, llegué y le quité la corona. No reaccionó. Me puse la corona y le di la espalda, comencé a caminar hacia la pared plana que se encontraba al fondo, alcancé mi destino y no pude salir. Voltee. El horror seguía sentado en el trono, y señaló hacia arriba. Alcé la mirada, y arriba se extendía un sinfín de estrellas fugaces indicándome el camino que debía seguir. El horror se levantó, caminó hacia mí, recuperó su corona y se sentó nuevamente en su trono. Gritó: Si bien soy humano, puedo soñar. Estas palabras retumbaron en las paredes y las estrellas parecieron espantarse, ya que desaparecieron sin dejar rastro alguno.
El cuerpo seguía agonizando frente a la casa. Esta vez no iba a llegar a su destino.
Despierta.
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