I
“Me declaro culpable, su señoría” ¿Podía haber hecho otra cosa?, lo dudo, siempre fue culpable y él lo sabía con claridad.
El delito surgió en la recordada noche del 13 de Febrero, cuando nuestro protagonista soñó el más macabro de los delitos, el más lóbrego crimen realizado por cualquier persona en la ciudad.
Despertó tembloroso y sudado, con las lágrimas llenas de ojos y la cama sentada en él.
Eran las 3:13 a.m. y supo de inmediato que no podría volver a dormir ante tal tétrica imagen que aún pasaba frente a sus ojos.
Fue a tomar una taza de café con sus manos aún tiritiritiritando, y comenzó a recordar con mayor claridad su sueño. El delincuente era un tipo brillante, con una astucia vista solamente en películas o en sueños (ah?), y una inteligencia que escasea en este país de cerebros dormidos y cabezas pequeñas.
Decidió escribir entonces la mejor novela policial jamás contada. El problema, es que nunca había escrito ni siquiera un micro cuento, en ocasiones se divertía escribiendo palabras o frases que formaran palíndromos, y cuando su creatividad estaba en su apogeo intentaba anagramas: ya había formado uno con su nombre, Pedro Ortúzar a Púdrate zorro (desde que lo descubrió quiso tener apellido “Ortúzer” para que tuviera un sentido verdadero). Jamás había intentado escribir una novela o algo por el estilo, pero esto no le preocupaba, ya que su subconsciente había hecho un trabajo tan maravilloso, mecánico, de relojería, que su falta de experiencia no importaría: sólo debía escribir lo que recordaba, no debía ser difícil.
Las palabras salieron del lápiz mágicamente, escribió una novela de 133 páginas en tan sólo 3 horas y 13 minutos.
Volvió a su cama con largos bostezos y la cabeza bastante confundida. Pero pudo dormir de una manera magnífica, sin una sola pesadilla ni ilusión de ningún tipo.
Despertó al otro día a las 11:13 de la mañana, completamente renovado y fresco, se dirigió a su escritorio, y encontró el montón de papeles escritos por él en la noche, y no pensó en otra cosa que comenzar a leer.
Cuando acabó estaba impresionado, ¿Cómo él, un pobre diablo de 24 años sin ninguna experiencia en escribir, había escrito una obra de tal maestría? Quizás había subestimado su talento, pero no, no quería engañarse, sabía en el fondo que era un trabajo que había hecho subconscientemente.
No le quedo otra alternativa que sonreír, salir a la calle, dirigirse a las Avenida Sansón, número 313, entrar sin tocar el timbre, pararse frente al editor más famoso del país y decirle: ahora, págueme.
II
Se levantó a las 4 de la mañana, con su sudor lleno de pijama y ojos en sus lágrimas, había tenido un sueño espantoso, sin embrago no podía recordarlo. Hace un tiempo atrás que escribía todo lo que soñaba, esperando tener el éxito conseguido con su primer relato, y lo habría logrado varias veces, ya era un escritor bastante reconocido y respetado, todo gracias a las ilusiones que le brindaba su cabeza noche tras noche.
Algunas veces la historia se trazaba en varias noches, siempre con un final inesperado y muchas “vueltas de tuerca”, como le gustaba decirle a nuestro inconsciente narrador.
Había publicado ya 3 libros y 30 y tantos cuentos, todos producto de sus sueños. Sin embargo, nunca intentó forzar a su subconsciente a soñar, todas las fantasías que le brindaba la parte posterior de su cerebro eran completamente naturales.
Pero esta vez era distinto: primera vez en años que no recordaba lo que había soñado, y él sabía que era algo tan profundo, notable y espectacular como su primer sueño (aunque había conseguido éxitos posteriores, realmente no había logrado nada como su obra prima).
Ese fue un día terrible, se acordó de todos los afectados en los reiterados crímenes que había desarrollado en su carrera de escritor, los sentía reales, y más que eso, sentía que estaban en todos lados, buscándole por el sufrimiento que él les hizo pasar al traspasar al papel tamaña atrocidad, y para colmo mostrársela al mundo. Estaba completamente paranoico y esperando que algo malo le sucediera.
Después de ese día no pudo soñar nuevamente, y con dificultad podía dormir cada noche, escuchando ruidos por la ventana, crujidos en la madera de su casa, y estaba casi seguro que voces.
III
Hace ya más de 1 año que no escribía nada, su aspecto era terrible, su cara olía a vino fuerte y tenía unas ojeras dignas de bolsa de basura.
La editorial le llamaba al teléfono cada mañana para presionarlo: le decían que si no escribía algo lo iban a demandar por incumplimiento de contrato, y otras amenazas que no importaban a nuestro querido escritor.
La verdad, no era que no le interesara, pero tenía preocupaciones más importantes: raro era el día en que no se veía a sí mismo asesinado ante sus ojos; vislumbraba a sus brillantes y a la vez macabros personajes cobrar vida, y juraría que todos querían exterminarlo; veía a las víctimas de sus relatos en todas las habitaciones a las que él entraba, para vengarse; escuchaba ruidos alrededor suyo a toda hora, por lo que no podía dormir, ni soñar, ni escribir.
Desesperado el gran Pedro Ortúzar, decidió buscar ayuda de un especialista , y fue a visitar a un psicólogo, que resultó ser gran admirador de nuestro triste narrador, por lo que le hizo un descuento considerable, el cual Pedro agradeció. Lo derivaron inmediatamente a un psiquiatra, un tipo alto con un bigote que subrayaba su gran nariz, y que tenía un rostro bastante conocido, demasiado conocido para Pedro Ortúzar.
Las sesiones eran terribles, nuestro escritor favorito tenía pánico de su psiquiatra, lo intimidaba bastante y su rostro familiar se convirtió en un rostro amenazante, además, no le suministraba los medicamentos para poder dormir, por lo que no podía conciliar sueño, ni descansar, ni escribir.
Hasta que finalmente, llegó el día, las drogas pasaron a través de su esófago y su mente se liberó por completo, sentía euforia y éxtasis, sentía como cada partícula de su cuerpo lograba desprenderse de las preocupaciones y como cada átomo de piel salía volando de su cuerpo terrenal para poder ingresar al mágico mundo de los sueños.
La magia había vuelto, los lóbregos relatos que su mente le suministró durante su estancia en su subconsciente, unas horas después se llevaron al papel y se volvió en un nuevo cuento, había vuelto el encanto, había vuelto el narrador, había vuelto el sueño y volvería la fama.
Y sucedió lo que nuestro querido escritor nunca esperó ni imagino que iba a suceder. Esa mañana al abrir el correo se llevó la gran sorpresa: Un tal Pedro Ortúzer lo acusaba de plagio, y el juicio era al día siguiente.
IV
- La fiscalía llama a declarar al subconsciente del señor Pedro Ortúzar
El subconsciente de nuestro narrador subió al estrado
- ¿Nombre? – le preguntó el juez
- Pedro Ortúzer, su señoría – respondió con una calma que no era habitual en los tribunales de justicia
- ¿Usted, la noche del 13 de Febrero del pasado año, le mostró al acusado Pedro Ortúzar, la historia que luego el trasladaría a su libro “De crímenes y sueños”? – preguntó el fiscal.
- Si – respondió él, con una naturalidad y calma que todavía lograba impresionar – y no sólo eso, todos sus cuentos y novelas posteriores, yo se las mostré al acusado mientras el dormía, a través de sueños claro está.
Así siguió el juicio con normalidad, el subconsciente de nuestro escritor contestaba con una calma que derrochaba sinceridad, y el abogado defensor con las manos frías intentaba acometer contra el subconsciente, pero todos sabían quien iba a ganar el juicio.
Finalmente llamaron a declarar al acusado.
-Se le acusa del delito de plagio, al haber reproducido fielmente, tanto la historia como los personajes, al relato que su subconsciente le mostró a usted la noche del 13 de Febrero. ¿Cómo se declara?
-Me declaro culpable, su señoría- ¿Podía haber hecho otra cosa?, lo dudo, siempre fue culpable y él lo sabía con claridad, pero nunca imagino que podía suceder algo así, ¿Quién iba a imaginarlo?
- ¿También es culpable de plagio por los otros cuentos y/o novelas que usted ha escrito? – arremetió el juez.
- (…)
- Conteste la pregunta – le señaló el juez ya perdiendo la paciencia.
- Si, soy culpable de todo – respondió completamente resignado a perderlo todo, sólo quería regresar a su hogar.
- Bueno, dados los testimonios registrados, el veredicto se dará a conocer esta misma tarde, a las 13:30 horas – dictaminó el juez con un aire a superioridad y mirando a nuestro querido Pedro Ortúzar con un recelo evidente.
Cuando salieron todos de la sala, el escritor se sentó en la escalera del juzgado, y, acto seguido, su subconsciente se le paró a su lado.
- Con que Pedro Ortúzer ¿eh?, se me ocurrió a mi, podría acusarte de plagiar tu nombre – le dijo el consciente Pedro a su subconsciente Pedro.
- Un nombre no se copia, se tiene, tú me lo diste y no te lo reprocho – contestó – Pero ahora bien, en verdad lamento esto, disfrutaba contarte estos relatos y más aún cuando conseguíamos (conseguías) fama con estos.
- Entonces, si lo disfrutabas tanto, ¿porqué un día (una noche en verdad) dejaste de mostrármelos?, si te gustaba tanto ¿porqué me acusas ahora, infeliz? – Respondió con ironía y rabia.
Su subconsciente rió levemente y le contesto:
- ¿Acaso no creíste que un día se me iban a acabar las ideas?, no tengo tantas historias que contar, un día se me acabaron, ¿y recuerdas el día que no recordaste tu sueño?, era solamente porque te había mostrado la misma historia que llevaste al papel la primera vez –respondió sagazmente, y luego continuó – y después de todo lo que hice por ti, te di fama y riquezas, cuentos y novelas, crímenes y sueños, ¿cuál fue tu gran gesto de agradecimiento? Me drogaste, por culpa de tu consciente trastornado, me forzaste a aparecer cuando no tenía ganas, y creíste que te trataría con amabilidad. Además, no sé que tiene de malo esto, después de todo, son mis historias y no tuyas, ¿o me equivoco?
Nuestro relator lo miró fijamente y sin hablar por 13 segundos exactos, y luego no se le ocurrió nada más que abalanzarse sobre su subconsciente a agredirlo.
V
-Se le declara culpable del delito de plagio y agresión contra su subconsciente, el señor Pedro Ortúzer – dictaminó el juez contra Pedro Ortúzar.
El subconsciente de nuestro por ahora odiado escritor tenía un ojo morado y rasguños en su mejilla izquierda, al otro lado de la sala estaba nuestro repudiado narrador con ojos en sus lágrimas, esperando lo que su señoría sentenciara contra él.
Cuando finalmente, vino la decisión del juez.
- El acusado, señor Pedro Ortúzar deberá entregar todo el dinero ganado por la publicación de los distintos libros al señor Pedro Ortúzer. A demás, se le prohíbe cualquier tipo de contacto con su subconsciente…
Y así acabo nuestro por ahora acabado relator. Se ha convertido en un pez de ciudad, en un ciudadano cualquiera que vive sin poder ilusionar y llegar a un mundo más allá de la racionalidad cotidiana en esta ciudad gris y ruidosa.
VI (Alternativo)
Se despertó con ojos en sus lágrimas y su sudor lleno de pijama. Vio la hora: eran las 3:13 am, del 13 de Febrero, y comprendió que todo había sido un sueño, uno demasiado largo, ¿acaso debía escribirlo?
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