
“Las rosas son rojas, las violetas azules, amo a Spectre!”
Se deslizaba el lápiz de Norther Winslow por el papel, sin parar, dibujaba cada letra con una belleza tremenda, para luego convertirlas en palabras, luego en frases, luego en oraciones para así formar el más bello discurso que se halla visto en Spectre.
Sus pies descalzos sentían el rocío matinal que había caído sobre el pasto, la brisa jugaba con sus cabellos y también con su lápiz. El viento susurraba las palabras en el oído de Norther, para luego esparcirlas por todo ese paraíso terrenal, para tomar cada gramo de belleza que existía en Spectre y luego quedar plasmadas en el papel del poeta. Sin embargo, un día llegó el cemento, el cruel y gris pavimento cubrió el espacio en el cual se expandía la verde hierba. Norther debió cubrir sus pies con fundas de lana y zapatos de cuero, ya no sentía la vibración ni la humedad del rocío expandida sobre el césped. Con el cemento cesó el viento, cesó la brisa y cesó la esperanza, cesó Norther y cesó Winslow, cesó el poeta y cesó la poesía. El paraíso se transformó en pavimento, los zapatos colgados cuidadosamente sobre la entrada el pueblecito debían ser rescatados de los incesantes turistas que llevaban uno para recordar aquella gris villa.
“Las rosas son rojas, las violetas azules, amo a Spectre!”
Escribía Norther Winslow las palabras desaliñadas y frías que salían del lápiz del ¿poeta?. Sus fans se impacientaban y Ed Bloom lo reprochaba, su poesía había perdido poesía, el poeta nunca fue poeta, pero cuando las palabras están impregnadas por el bello aire otoñal de un pequeño pueblito parecido al paraíso, tienen todo el espíritu de las rosas, de las violetas, y de Spectre. Cuando no es así, el poeta debe transformarse en ladrón, la poesía en un papel arrugado en el lago, los pies descalzos en pies vestidos, y Spectre en cemento.
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