jueves, 26 de agosto de 2010

La cura contra el optimismo

La cura contra el optimismo


Up there a mountain rises
Down here an ocean dives
A stranger with a head full of lead
Photographs me

Porcupine Tree – Cure for Optimism

-¡Ya la maté, ya la maté!- gritaba cuando el cuchillo aún no se había clavado en las entrañas de la víctima. Sufría de fuertes cambios de identidad, juraba por momentos que era Tristán haciendo el amor con Isolda, o en ocasiones se convertía en Eneas mientras bajaba a los infiernos.
Nació en siete ocasiones, y hasta ahora ha muerto cinco. Me comentó que temía no nacer otra vez y quedar sin vida en esta tierra, aún así, a su espíritu lo albergaba un gran optimismo difícil de explicar.
Recuerdo el día en que me reconoció sus trastornos de identidad, me dijo: yo sé que nunca he sido ni Eneas ni Tristán, ya que no conozco ni el infierno ni el amor, son vagas memorias las que tengo – y luego agregó que - en las 7 veces que he nacido nunca he sido un héroe ni alguien digno de reconocimiento.
Me temo que tengo prohibido comentar el lugar donde lo conocí, pero les puedo decir que fue en un lluvioso día de verano o caluroso día de invierno, viendo las hojas secas de la primavera o viendo a la naturaleza florecer en algún otoño. Lo seguí hacia una luz que iluminaba un misterioso sendero, el caminaba como sonámbulo, con pasos mecánicos, hasta que llegó a su objetivo, lamentablemente, no puedo decirles lo que vi. Entonces le toqué el hombro y comencé a hablarle, el me silenció y luego dijo: morí hace cinco minutos. No puedo dejar de recordar las primeras palabras que expresó hacia mi persona, y lo más sorprendente fue el hecho de que cinco minutos más tarde se encontraba irremediablemente muerto. Si esto no logra sorprender tanto como espero, les debo recalcar el hecho de que cinco minutos después de eso, un hombre me toca el hombro y me dice: moriste hace una semana. Y cuando volteo, era él, con distinto físico, pero yo supe de inmediato que era el mismo que fallecía ante mis ojos minutos antes, y ahora con ojos llenos de fe me decía que yo había dejado de vivir.
Me señaló entonces que era la quinta vez que perdía la vida, luego me mencionó que aún le quedaban dos que quería cuidarlas todo lo que pudiera, y a pesar de parecer un joven, señalaba constantemente que la edad lo tenía cansado, pero siempre con esperanzas de algo mejor.
Pasaron los días, supe de su pasado y de su futuro, supe que será poeta goliarda en la edad media, ahora no sabe lo que es, y que fue vagabundo en cinco años más. Después de este suceso, su futuro, pasado, o lo que fuese, se le volvía difuso por lo que temía un poco no poder nacer una octava vez. De todas formas mantenía la misma esperanza característica de él, y que a pesar de encontrarse peleando en la tierra media o viendo morir a Beatriz, nunca perdía.
Si me preguntan, lo que más me impresionaba de él era esto, su irremediable optimismo, el cual me dijo había forjado en su segunda vida y que no abandonó ni siquiera en sus reiteradas muertes.
Había ya pasado un mes desde que nos conocimos, es decir, yo llevaba un mes y una semana sin vida, cuando él me declaró su amor. Debo aclarar que me llamo Andrea, tengo 24 años y hace un año y medio fallecí, del lugar de donde relato esto no puedo decírselo a ustedes. Pero bien, a mi él me agradaba, era una persona con pasado y con futuro inesperados, pero en ningún momento le tomé cariño. Le dije amablemente que yo nunca lo vi de esa forma, y que además el hecho de estar muerta era un inconveniente para nuestra relación, a lo que el me respondió: No te preocupes, podemos seguir siendo dos vivos que conversan. Sin embargo, sucedió que el amor fue la cura contra el optimismo, y yo la píldora.
El pesimismo se había apoderado de él, ya no sufría sus trastornos de personalidad y creía ser tan solo una persona que vive en un presente determinado. Daba lástima verlo así, descendiendo hacia la ciudad y la vida urbana, había perdido todo futuro.
Yo, sin embargo, decidí dejarlo así, ya que si bien el amor es remedio, también puede resultar la enfermedad más desastrosa. Y la vida siguió su curso.
Entonces sucedió lo más inesperado: llegó a mi casa gritando que ya la había asesinado -¡Ya la maté, ya la maté!- y cargaba en la mano un cuchillo sin sangre. Yo lo vi con un sentimiento de temor patente, entonces un dolor agudo me invadió el estómago, y repentinamente vi que el cuchillo que él sostenía en la mano se cubrió de sangre, pero sin tocar ningún cuerpo. Mi polera se cubrió también de sangre al instante, caí en el suelo, y le vi llorando intensamente.
Cuando mi cuerpo ya perdía todo lo que le quedaba de vida, sólo lo escuchaba a él gritando: ¡Sólo me queda una vida, sólo una!.

El alma

Sucede cuando la mente vence al cuerpo y lo destroza. Paseas por aquel lugar, echas un vistazo la casa abandonada, y el próximo terreno te lleva a esa oscuridad y agonía terrible, insoportable. Todo es un agujero negro que se desvanece para comenzar a mostrarte imágenes distorsionadas de gritos y miedos. La próxima casa te lleva nuevamente a ese mundo terrible pero soportable. Sin embargo, debes volver a tu hogar, soportar nuevamente la agonía al pasar por el terreno que se encuentra al lado de la casa abandonada. Pasas y el sufrimiento es igual a la primera vez, tu mente se traslada a un mundo en el que sólo puede sufrir. Tu mente se lleva a tu cuerpo y lo atrapa en dolores y repulsiones difícilmente resistibles. El cuerpo se encuentra destrozado en las afueras de la morada de junto a la casa abandonada. No sabes si el cuerpo es tuyo, mío, suyo, de ellos, de ustedes, nuestro. ¿Cómo saber? Todo es resentimiento e injurias, son visiones de las cuales no puedes escapar. Todo es aislamiento.
Por favor, no escapes de mí. Si bien soy humano, puedo soñar.
Muchas cosas se han dicho sobre muchas cosas, más las cosas que no se han dicho no se dirán a menos que las digas tú. Yo no sería capaz. Nadie lo sería y en teoría tú eres nadie por serlo todo. Entra a la morada de junto a la casa abandonada.
Caminé hacia el agujero negro, hacia los gritos y los miedos, crucé el umbral. Abrí la puerta. El pasillo era largo y delgado, al final estaba en un trono una corona sobre la cabeza del horror. Caminé, los cuadros no existían, el techo llegaba hasta el suelo, caminaba sin hacer caso a las puertas abiertas con bellas imágenes en su interior. Mujeres desnudas y tristes, bosques lejanos y extensos, playas vacías extendiéndose por toda una habitación. Seguí mi camino hacia el horror, llegué y le quité la corona. No reaccionó. Me puse la corona y le di la espalda, comencé a caminar hacia la pared plana que se encontraba al fondo, alcancé mi destino y no pude salir. Voltee. El horror seguía sentado en el trono, y señaló hacia arriba. Alcé la mirada, y arriba se extendía un sinfín de estrellas fugaces indicándome el camino que debía seguir. El horror se levantó, caminó hacia mí, recuperó su corona y se sentó nuevamente en su trono. Gritó: Si bien soy humano, puedo soñar. Estas palabras retumbaron en las paredes y las estrellas parecieron espantarse, ya que desaparecieron sin dejar rastro alguno.
El cuerpo seguía agonizando frente a la casa. Esta vez no iba a llegar a su destino.
Despierta.